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LA AUTORIDAD QUE DIOS ADMIRA

 

 

La búsqueda de la autoridad, el deseo de dominio de “estar sobre otros” ha sido, es y será un problema común en todas las épocas y lugares. Se han publicado numerosos libros y artículos tocantes a este tema, por tanto como cristianos nos interesa conocer lo que la Biblia dice al respecto. Las Sagradas Escrituras enseñan con claridad que hay que tener respeto a la autoridad. Los humanistas pueden repudiar la autoridad de antiguas instituciones tales como el hogar, la iglesia y el estado. Los teólogos pueden rechazar la autoridad de la Biblia. Pero el cristiano tiene la responsabilidad y la obligación de respetar toda autoridad que viene de Dios.

 

El propósito de esta humilde reflexión es el de resaltar ciertos aspectos de la autoridad que Dios admira. Una de las acepciones que hace el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española en relación al vocablo “admirar” es la siguiente: “admirar es lo que merece más alta estima”. ¿Qué clase de autoridad es la que merece nuestra más alta estima? Jesucristo nos da luz en relación a esta cuestión tan importante en Mateo 8:5 – 11.

 

Este pasaje bíblico del Evangelio de San Mateo presenta a una persona que tenía autoridad civil y militar, ya que era un oficial romano al servicio de Herodes Antipas. Este centurión se acerca a Jesús (que en ese momento estaba entrando en Capernaum) para hacerle una súplica en favor de su criado que tenía en su casa y al que tenía gran aprecio. El criado estaba en una condición deplorable sufriendo una parálisis progresiva con espasmos musculares que afectaban peligrosamente su sistema respiratorio y lo ponían a las puertas de la muerte.

 

La historia bíblica concluye con el retorno del centurión a su casa encontrando a su criado sanado. Veamos las cualidades notables de este militar en relación a la autoridad.


I.-- AUTORIDAD Y COMPASIÓN.

 

Un centurión romano era la médula del ejército de Roma. Cada legión romana estaba dividida en setenta centurias de cien hombres cada una de ellas. Por tanto este militar del ejército romano tenía a su cargo un centenar de hombres cuya autoridad no podían cuestionar ni discutir.

 

Con todo, lo que yo quisiera resaltar de este hombre no es tanto su autoridad (que por supuesto la tenía en base al rango miliar que ostentaba), sino su actitud compasiva hacia su criado. En el Imperio Romano y en aquellos tiempos, era muy difícil demostrar compasión por un simple criado, y más si se trataba den un criado cuyo amo era un militar de rango. Un escritor romano llamado Varro dividía los “instrumentos agrícolas” en tres grupos: 1) los instrumentos articulados, 2) los instrumentos inarticulados, y 3) los instrumentos mudos. Los instrumentos articulados pertenecían al grupo compuesto por los esclavos, los instrumentos inarticulados eran el grupo compuesto por los animales, es decir, bueyes etcétera; y los instrumentos mudos eran los vehículos para realizar el trabajo, es decir, carros, carretas etcétera. La única diferencia que había entre un esclavo y un buey o una carreta era su capacidad de hablar. El sufrimiento, la vida o la muerte de un esclavo eran poco importantes. A la gran mayoría de romanos no les importaba lo más mínimo el bienestar personal de sus esclavos. Pero este no era el caso del centurión de nuestro texto bíblico.

 

Una autoridad desprovista de compasión dice muy poco en favor de aquel que la ostenta. La premisa de la “ley del más fuerte” no debiera tener lugar en el ámbito social, y mucho menos en el ámbito eclesial. El Señor Jesús que gozaba de toda autoridad era un hombre compasivo. Éste centurión que halló gracia delante delos ojos del Señor era un hombre compasivo.

 

II.-- AUTORIDAD Y HUMILDAD.

 

La humildad del centurión queda manifestada en el versículo 8. La Mishna prohibía que un judío entrara en casa de un gentil porque esta casa se consideraba inmunda. El oficial romano no quiso ignorar la tradición judía ni tampoco apeló a su posición de autoridad. Sencillamente dijo: “Señor no soy digno de que entres bajo mi techo…”. La actitud del centurión fue similar a la que tuvo Juan el Bautista en relación a Jesús del que no se consideraba digno de desatar la correa de su calzado. El apóstol San Pablo nos exhorta sobre la importancia de no pensar de uno mismo más de lo que convine, sino que debemos hacerlo con cordura. La humildad era uno de los temas más importantes en el lenguaje de Cristo: “Bienaventurados los humildes…” (Biblia de Jerusalén).

 

La humildad de este militar romano fue motivo de admiración por parte de Jesús. El mismo Señor lo dijo: “…el que quiera hacerse grande entre vosotros debe convertirse en servidor de los demás”. La autoridad de un líder dentro de la iglesia local siempre ha de ir acompañada o sazonada de humildad. Para ser “grande” hay que ser en primer lugar servidor. El Señor lo dejó escrito en su palabra: “Yo no he visto a ser servido, he venido a servir”. Ser líder es ser servidor no lo olvidemos nunca. Una autoridad admirable consiste en inclinarse a lavar los pies (aunque estén sucios) con una toalla en la cintura.

 

III.-- AUTORIDAD Y FE.

 

También queda claramente manifestada en el versículo 8 la fe del centurión. Fundamentalmente la fe consiste en creer lo que Dios dice en su Palabra depositando plena confianza en Él. Este oficial romano depositó toda su confianza en el Señor y creyó de antemano en la palabra que Cristo iba a pronunciar, de ahí que le dijera al Señor: “…solamente di la palabra. Cuando Jesús oyó la expresión verbal de aquella fe, se maravilló y dijo: “De cierto de cierto os digo, que ni aún en Israel he hallado tanta fe”.

 

José Requena