Get Adobe Flash player
Inicio MINISTERIOS ARTICULOS Y ESTUDIOS BIBLICOS - José Requena EL PADRENUESTRO (IV)

 

EL PADRENUESTRO

 

Mateo 6:5-15

 

(IV)

 

 

2.1.2. EL HECHO DE QUE DIOS TENGA UN NOMBRE FACILITA LÓGICAMENTE SU IDENTIFICACIÓN.

 

Con el nombre, Dios deja de ser una idea abstracta, nebulosa inaprehensible. Deja de ser “el Dios no conocido” de los antiguos atenienses. (Hechos 17:23); o de los filósofos. Y aparece con perfiles claros (aunque no exentos de misterio) por su magnificencia e infinitud. Nuestro conocimiento de Él es limitado e imperfecto, pero suficiente para que podamos relacionarnos con Él, con una comunión viva.

 

Pero ¿cómo podemos conocer ese nombre?, lo ignoraríamos por completo si no nos hubiese sido revelado por propia comunicación divina, mediante las palabras y los hechos que encontramos en las Sagradas Escrituras. En el Antiguo Testamento el nombre de Dios se nos presenta en la forma plural (Elohim). Sin duda porque la grandeza de Dios no puede expresarse con todos sus atributos con una sola denominación.

 

El empleo del “nombre” de Dios, en lugar de emplear escuetamente “Dios”, sobre todo en épocas tardías del Antiguo Testamento, obedece al sentimiento agudo de la trascendencia divina. Ese sentimiento de trascendencia divina tenderá a sustituirse luego por la “gloria”, la “Shekiná”, la “gueburá” y la “memrá” (la presencia, la potestad, la palabra divina). En el Antiguo Testamento el Ser supremo es llamado “El”, para designar a la divinidad. Así pues, al nombre “El”, (comúnmente usado para designar a la divinidad, se añaden calificativos o expresiones complementarias muy significativas: “El Shaddai” (Dios es el Todopoderoso), (Génesis 17:1). “Elohim” (Dios en la plenitud de su poder, (Génesis 1:1). “Elyon” (El Dios Altísimo”, (Números 24:16). “Adonai” (Dios como mi Amo o Señor), (Éxodo 4:10). Además, el nombre viene a ser como una misteriosa imagen nacional de Dios, objeto de veneración. En consecuencia, al nombre, se le atribuirán las perfecciones divinas tales como: Santo. (Isaías 5:16). El Dios grande. (Salmo 95:3). El Dios misericordioso y piadoso (Éxodo 34:6). El Dios del “amén” o de la fidelidad. (Isaías 65:16).

 

De forma especial y reveladora encontramos el nombre de “Yahvéh”. En el original hebreo se presenta con cuatro letras YHWH. Cuyo significado es declarado a Moisés con motivo de su llamamiento: “Yo soy el que soy”. (Éxodo 3:14). Realmente al traducirlo al castellano para expresar la idea completa debiera decirse: “Yo soy y seré, el que era y será” Por tanto ese “Yo soy el que soy” indica la esencia eterna de Dios y su soberanía indiscutible.

 

En el Nuevo Testamento el nombre de Dios nos es comunicado a través de Jesucristo. Siendo él mismo quien lo manifiesta en su oración intercesora, (Juan 17:6,26). Jesucristo nos comunicó el nombre de Dios por medio de sus palabras y sus hechos, con su vida y con su muerte. Todo en él proclamaba la grandeza del nombre de Dios. Además, Jesucristo nos comunicó todo lo que Dios es en la gloria de sus atributos; Santo, justo, poderoso, Señor del cielo y de la tierra, misericordioso y perdonador, creador y sustentador del universo, redentor y juez universal, el que era, el que es, y el que ha de venir, el único que tiene “gloria y majestad, dominio y autoridad ahora y por todos los siglos”. (Judas 25).

 

2.2. La santificación del nombre de Dios.

 

Cuando decimos que el nombre de Dios ha de ser santificado, a ¿qué nos estamos refiriendo? ¿Nos estamos refiriendo a que el nombre de Dios no es aun suficientemente Santo? Esta idea sería totalmente absurda. Si el nombre expresa la naturaleza y los atributos de Dios, se puede afirmar que es Santo desde la eternidad. La razón dada por Dios a los israelitas para que fuesen santos es dada sobre la base de que Dios es Santo, “… porque yo soy santo”.

(Levítico 11:44-45; 19:2). Este aspecto de la santidad de Dios fue ampliamente reconocido desde el establecimiento de la Alianza. “El es Dios Santo” (Josué 24:19). Yahvéh es “el Santo de Israel”. Nada menos que veintiséis veces se encuentra esta expresión en el libro de Isaías, y algunas más en Jeremías y Ezequiel así como en los Salmos. Es probablemente recogiendo esta riqueza de revelación que María afirmó en su Magnificat: “Santo es su nombre”. (Lucas 1:49).

 

¿Qué significa pues, el verbo “santificar” en la petición del Padrenuestro? El verbo griego (hagiazo), poco usado en la literatura secular tiene en el lenguaje bíblico dos significados básicos: 1) El de convertir un objeto de uso común en objeto sagrado mediante la práctica de un rito de consagración, (lógicamente no puede ser éste el significado cuando se aplica a Dios). 2) El de considerar sagrada una persona o una cosa, por lo que debe ser objeto de respeto y reverencia. Dicho de otro modo, “santificar” es reconocer como santo (hagios), a alguien o algo que es diferente y superior a todo lo ordinario, porque “pertenece a una esfera de calidad y esencia diferente”. Esa es la razón por la que Dios es supremamente el Santo, “porque Dios pertenece supremamente a una esfera distinta de vida y de ser”. Teniendo en cuenta el significado bíblico de la palabra “santificar”, podríamos expresar la frase “Santificado sea tu nombre” con otra frase: “Que se dé a tu nombre el honor que le corresponde”.

 

Los escritores de los Salmos santificaron el nombre de Dios. (Salmo 3; 4: 5: 7: 11: 13: 14: 18: 48: 50: 63; 97; 135). Lo santificaron en todo lugar. En la obra de la creación. En los acontecimientos de la historia – contemplaban la majestad de Dios y meditaban en ella. Consideraban a su Dios como Aquel que los libró de sus enemigos y constantemente los protegía.

 

¿Y por qué debemos pedir “Santificado sea tu nombre”? Debemos pedirlo por muchas razones:

  • Porque en nuestro mundo no se santifica su nombre. En lugar de ser honrado el nombre de Dios es ultrajado, menospreciado y ridiculizado. Se ha quebrantado de distintas formas y maneras el tercer mandamiento del decálogo: “No tomarás el nombre de Yahvéh tu Dios en vano”, (Éxodo 20:7). Se profana este nombre con la blasfemia, con la negación de la existencia de Dios, con el falso juramento, con su uso en lenguaje frívolo y con chistes o chanzas de pésimo gusto. (Continuará).

 

José Requena