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Inicio MINISTERIOS ARTICULOS Y ESTUDIOS BIBLICOS - José Requena EL PADRENUESTRO (V)

 

EL PADRENUESTRO

 

Mateo 6:5-15

 

(V)

 

 

  • Porque muchos de los que se dicen ser cristianos no santifican su nombre.

 

Este pecado no es exclusivo de ateos, agnósticos e indiferentes en materia religiosa. Es frecuente también en lo que ha venido a denominarse “cristiandad”. Son innumerables las personas cuyos nombres están escritos en el registro de alguna confesión cristiana, pero que espiritualmente esas personas están muertas. Son cristianos nominales, que participan con mayor o menor asiduidad en los cultos de su iglesia, contribuyen a su sostenimiento.

 

  • No faltan tampoco quienes creen en Dios, pero se mantienen distanciados de Él y sólo le buscan cuando lo necesitan para salir de una situación de apuro.

 

  • Desgraciadamente, aún entre los verdaderos cristianos el nombre de Dios no siempre es debidamente santificado.

 

Son muchas las debilidades que impiden al creyente vivir en todo momento a la altura de la vocación con que ha sido llamado. En la lucha del espíritu contra la carne, es ésta última la que a menudo triunfa. Hemos de santificar el nombre de Dios con nuestros labios, en nuestros pensamientos, en nuestras vidas, en nuestras familias, en nuestro trabajo, etcétera. Debemos tener a Dios como santo en el corazón (I Pedro 3:15). La Iglesia puede y debe santificar su nombre aquí y ahora, no ha de esperar al día en que será presentada a su esposo celestial (Efesios 5:27), ya en el presente ha de responder santamente a su vocación de modo que el nombre de Dios sea glorificado, para la iglesia la gloria de Dios debe ser lo primero y lo postrero. Pese a nuestras limitaciones somos santos como Dios es Santo. (Levítico 11:44; 19:2; 20:26; I Pedro 1:16). Obviamente jamás llegaremos a tal grado de santificación, por nuestros propios esfuerzos. Con todo, si deseamos que el nombre de Dios sea santificado en nuestra vida diaria es imprescindible que Él mismo realice en nosotros su obra santificadora por medio de su Espíritu Santo, (Romanos 8:2-3). Antes de pedir a Dios “Santificado sea tu nombre” reflexionemos sobre todo lo que implica. Y dispongámonos a pagar el precio.



 

III.-- SEGUNDA PETICIÓN: “VENGA TU REINO”.

 

El códice “D” que está en Cambridge datado entre los siglos V-VI en el lugar paralelo de “Lc” figura inscrito: “venga sobre nosotros tu reino”; aunque el “sobre nosotros” falta en los mejores y más antiguos manuscritos. Acaso el copista se dejó influir por (Mateo 12:38). De ahí posiblemente, proviene también el “a nosotros” de la versión española.

 

Ésta segunda petición es la más breve del Padrenuestro, pues consta tan solo de tres palabras; pero su contenido es inmenso. De entrada debemos decir que esta petición guarda estrecha relación con la petición anterior, pues el advenimiento del reino de Dios es una de las formas de que el nombre de Dios sea santificado. También merece señalarse la identificación del Dios que es nuestro Padre con el Dios Rey.

 

Sin duda el Señor Jesucristo quiso ratificar la vinculación existente entre ambos conceptos (Padre y Rey) en el judaísmo, tal como se expresaba en el culto de la sinagoga. En la Tefillah, la oración por excelencia, hallamos las siguientes frases: “Haznos volver o Padre nuestro, tu ley. Y acércanos oh Rey a tu servicio… Perdónanos, Padre, porque hemos pecado; perdónanos, Rey nuestro, porque hemos transgredido…” Pero en el propósito de Jesús hubo indudablemente más que una mera ratificación, pues no hemos de olvidar la importancia que tuvo en su predicación el Reino de Dios. Podemos deducir que su inclusión en el Padrenuestro tenía por objeto mover a sus discípulos a la reflexión en relación a lo que su advenimiento significa e implica, participemos pues también nosotros, de esta reflexión.

 

3.1. Esencia del reino de Dios.

 

Los conceptos del reino han sido, y siguen siendo, muy diversos. A menudo limitados, parciales o erróneos. Para muchos creyentes el Reino de Dios o de los cielos, es el cielo mismo; la morada reservada en la casa del Padre hasta el día de la muerte física o de la Segunda Venida de Cristo (Parousia). Se trata de un reino milenario de Cristo (reinado éste que ha sido interpretado de diversos modos). En sectores teológicos liberales, bajo la influencia de corrientes humanistas, ha prevalecido una visión injustificadamente optimista; y se ha abrigado la esperanza de que la fuerza de los principios éticos del Evangelio haga que un día prevalezca la justicia y la paz en la tierra. Así con la total cristianización de la sociedad en el mundo entero, se establecerá el reino de Dios. Esta es una perspectiva tan utópica como la que presenta la teología marxista. ¿Qué enseña realmente la Escritura acerca del Reino de Dios? De manera muy clara la revelación bíblica nos enseña que el reino equivale al gobierno de Dios, y este es de carácter universal. Es la manifestación de su autoridad y soberanía sobre todo y sobre todos; así lo reconoce el Antiguo Testamento Existen numerosos textos pero todos se resumen en dos: “De Yahvéh es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan. (Salmo 24:1). Y “Yahvéh reina” (Salmo 93:1). Obsérvese que no dice “reinará” sino “reina”. Así lo comprendió el rey Ezequías y así lo expresó en su oración: “Dios de Israel, que moras entre los querubines, sólo tú eres Dios de todos los reinos de la tierra” (II Reyes 19:15). No fue menor la comprensión del salmista al declarar: “Yahvéh estableció en los cielos su trono y su reino domina sobre todos”

(Salmo 103: 19). (Continuará).

 

José Requena