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Inicio MINISTERIOS ARTICULOS Y ESTUDIOS BIBLICOS - José Requena EL PADRENUESTRO (VI)

 

EL PADRENUESTRO

 

(VI)

 

Mateo 6:5-15 La irrupción presente y futura del Reino de Dios, en la persona de Cristo. El reino de Dios tiene ya una manifestación presente desde que Cristo vino al mundo. El centro del mensaje de Jesús fue: “El reino de Dios se ha acercado” (Marcos 1:15). En Cristo se encarna el Reino de Dios. Por eso cuando en cierta ocasión, los fariseos hicieron a Jesús una pregunta sobre la venida del reino el Señor les contestó: “El reino de Dios entre vosotros está” (Lucas 17:21). Y tendrá una manifestación futura, en el “día de Cristo” con su consumación y su manifestación plena.

 

Las bendiciones del reino aquí y ahora. Quien se somete a Cristo disfruta de las bendiciones del reino, que podemos resumir mediante el texto de (Romanos 14:17). “El reino de Dios es justicia, paz, y gozo por el Espíritu Santo”. A) Justicia: La justicia tiene una manifestación fundamental en nuestra justificación delante de Dios. Nosotros, pecadores injustos por naturaleza, hemos sido recubiertos de la justicia perfecta de Cristo mediante la fe en Él. Esta doctrina la desarrolló magistralmente el apóstol San Pablo (especialmente en los capítulos 3 a 5 de la Epístola a los Romanos). “Ahora justificados por la fe tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5:1) Pero la justicia atribuida al creyente en Cristo no puede quedar reducida a una acción jurídica por parte de Dios, lo cual podría convertirse en una entelequia. El cristiano que ha sido justificado ha de vivir justamente, de acuerdo con los principios morales del reino y con el ejemplo del Salvador Jesucristo, a cuya imagen debemos ser transformados. (Romanos 8:29; II Corintios 3:18). B) Paz: También como bendición del reino tenemos paz. No solo paz con Dios, como hemos visto en (Romanos 5:1). Sino también paz en nuestra conciencia, pues todo sentimiento de culpa desaparece cuando confiamos plenamente en los méritos infinitos de Cristo. (Hebreos 9:14; 10:22). C) Gozo: Asimismo, también disfrutamos de gozo. El gozo inefable y glorioso que siente aquel que vive en comunión con Dios. (Juan 10:10). Aún en las circunstancias más adversas y dolorosas el creyente en Cristo puede regocijarse “con gozo inefable y glorioso”. (I Pedro 1:8). Sin embargo, todas las bendiciones que podemos disfrutar ya ahora, no son sino un anticipo de lo que heredaremos en la consumación del reino de Dios. Parafraseando una declaración del apóstol San Pablo podemos decir que “ahora poseemos en parte”; pero cuando Cristo vuelva los propósitos salvadores de Dios se completarán gloriosamente. Cuando los reinos de este mundo vengan a ser los reinos de Dios y de su Ungido. (Apocalipsis 11:15); concluirá el cumplimiento de cuanto se predijo tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento. Entonces se iniciará el “eón” definitivo con “cielos nuevos, y tierra nueva”, en el que gozaremos plenamente de la justicia y la paz, fundamentos de la verdadera felicidad; por esa razón hemos de pedir – y pedimos – “Padre venga tu reino”.

 

3.2. La participación en el reino de Dios.

 

La perspectiva del reino de Dios, tanto presente como futura, es realmente gloriosa. Gozar de ese reino es lo único que puede satisfacer los anhelos más profundos del ser humano. Pero no todos disfrutan -- ni disfrutarán – de sus beneficios, lo que nos obliga a plantearnos una gran pregunta; ¿Cómo se entra en el reino de Dios? La respuesta bíblica es clara, no se entra por mérito o esfuerzo humano, no podemos entrar en el reino de los cielos en virtud de pretendidas “buenas obras”, ni mediante una religiosidad cuyo contenido y forma determina cada uno a su antojo. Nosotros nunca podemos ser conquistadores del reino; solo podemos ser conquistados; así que lo único que podemos hacer es rendirnos y someternos a la soberanía de Dios, Rey, Señor y Salvador nuestro. Esto, es lo que a muchas personas les cuesta aceptar, pues equivale a menospreciar y renunciar a los propios valores que conforman su personalidad y su vida; es muy difícil tener por “pérdida” lo que siempre se ha considerado “ganancia” (Filipenses 3:7 ss.). Esta verdad es expuesta claramente en la primera Bienaventuranza, “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mateo 5:3). Estos “pobres” eran seres marginados el polo opuesto de quienes se consideraban “ricos en espíritu”; personas como los fariseos que hacían gala de sus oraciones, ayunos y diezmos, seguros de merecer el beneplácito de Dios. Los “pobres” no contaban con nada para hacerse acreedores del favor divino, no obstante, “de ellos (de los pobres) es el reino de los cielos”. ¿Por qué?, porque al no tener nada que ofrecer a Dios, cuando se acercan a Él con las manos abiertas, sólo pueden recibir los dones de Dios. Esta actitud es la que ha de tener aquel que oye el Evangelio, y responde a su mensaje positivamente, arrepintiéndose y creyendo al Evangelio. (Marcos 1:14-15).

 

El arrepentimiento es “metanoia”, cambio de mente, de conceptos, de actitudes ante Dios y ante la vida. Esta experiencia equivale por lo general a un giro de 180 grados en la orientación de la existencia. Es un cambio radical, equivale a pasar de las tinieblas a la luz; de la muerte a la vida.

 

Creer al Evangelio, implica tener fe en el Evangelio (Evangelio, Buena nueva de la Salvación en Cristo). La fe, es confianza plena en Cristo, en los méritos de su muerte expiatoria. (Continuará).

 

José Requena