Get Adobe Flash player
Inicio MINISTERIOS ARTICULOS Y ESTUDIOS BIBLICOS - José Requena EL PADRENUESTRO (VII)

 

EL PADRENUESTRO

 

Mateo 6:5-15

 

(VII)

 

3.3. La implantación del reino de Dios en nuestra vida.

 

Cuando orando a Dios le pedimos: “Venga tu reino” no podemos pensar solamente en la Segunda venida de Cristo, y en el tiempo cuando el reino será consumado. Debemos actualizar nuestra petición y orar, ”Venga tu reino a mi vida”. Esta oración si se hace de veras es tremendamente seria por dos razones: 1) Porque puede constituir un “atentado” en nuestra vida. Puede constituir lo que Rudolf Bössinger denominaba “petición de un atentado”. Y efectivamente así es. La implantación del gobierno de Dios en nuestra vida puede atentar contra mucho de lo que más estimamos. Por ejemplo: Puede exigir la destrucción de todos los ídolos que a lo largo del tiempo hemos ido erigiendo en el templo de nuestro corazón. Es un atentado contra nuestra propia soberanía que hace saltar por los aires el trono de nuestro yo, poniendo fin a las funciones de gobierno que hasta ahora habíamos ejercido en los reinos de nuestros sentimientos, nuestros bienes, nuestra familia, nuestra profesión, nuestros ideales y metas. Es un atentado doloroso, que puede hacer emanar sangre y lágrimas de nuestro espíritu debido a que nuestra vida gobernada por nosotros mismos, está plagada de males y frustraciones; y porque nuestra total autonomía deshonra a Dios; tanto más cuanto más evidente sea nuestra profesión de fe. 2) Porque nosotros mismos, los cristianos, estamos empequeñeciendo con nuestra actitud el reino de Dios, es triste y lamentable que hayamos de ser precisamente nosotros quienes empequeñezcamos y pongamos obstáculos al reino divino.

 

Pero cuando asumimos conscientemente esta petición del Padrenuestro y somos conscientes con ella se acaba nuestro señorío porque inevitablemente hemos de poner en práctica la ética del Reino. Dejemos, pues, que Dios domine nuestra vida abarcándolo todo, y que los “reinos” de nuestra vida estén a disposición del Señor. Tomemos en serio la ética del Reino y los principios morales que lo rigen, y que están maravillosamente expresados en el Sermón del Monte, y que son – entre otros – estos: sinceridad, rectitud interior, humildad, mansedumbre, tolerancia, fortaleza de espíritu, abnegación y amor hacía todos. También existen otros principios de la ética del Reino que el apóstol San Pablo dejó dichos en la Epístola a los Gálatas (5:22-23).

 

La ética cristiana es para un pueblo redimido, Dios nos ha salvado, nos ha perdonado nos ha hecho hijos suyos, y nos ha dado su Espíritu y su Palabra. La ética cristiana descansa sobre dos pilares: 1) Un indicativo: A) ¿Por qué debo amar yo a mi prójimo? B) ¿Por qué debo tratar a mi prójimo del modo que se me indica en el Sermón del monte? y 2) Un imperativo: A)Porque Dios me ama a mí. B) Porque es así como Dios me ha tratado a mí. Es verdad que el cumplimiento de la ética cristiana es difícil, pero no es imposible. Ojala pudiéramos decir nosotros lo que dijo Bernardo de Clairvaux: “¡¡ Oh rey de paz, ven y reina en mi”!!

 

 

IV.-- TERCERA PETICIÓN: “HÁGASE TU VOLUNTAD, COMO EL

CIELO TAMBIÉN ASÍ EN LA TIERRA”.

 

Esta petición, se deriva de la anterior y reviste la misma grandiosidad, por dos razones: 1) Porque produce una fortísima sacudida en lo más sobresaliente de nuestra personalidad, nuestra voluntad. 2) Porque nos abre el camino a la meta suprema del creyente que no ha de ser otra que vivir conforme los sublimes propósitos que Dios tiene para nosotros. El ruego que contiene esta petición nos introduce en una esfera inmensa, trascendente y misteriosa. Nos sitúa ante cuestiones que han desafiado la capacidad de filósofos y teólogos, que han turbado a muchos creyentes y han sido piedra de tropiezo para muchos que no lo son. Cuando decimos “hágase tu voluntad”. ¿Qué pedimos realmente? ¿Qué entendemos por voluntad de Dios? ¿Qué esperamos?

 

4.1. Naturaleza y alcance de la voluntad de Dios.

 

Éste es uno de los puntos esenciales de la teología. En ocasiones es presentado como “Doctrina de los decretos”.

 

4.1.1. ¿EN QUÉ CONSISTE LA DOCTRINA DE LOS DECRETOS

DE DIOS?

 

Ésta doctrina consiste en que todo cuanto acontece ha sido predeterminado o “decretado” por Dios. Esta dogmática afirmación exige una aclaración. Si entendemos por decretos de Dios la ordenación providencial de todos los acontecimientos históricos grandes y pequeños, y entendemos además, que el resultado final de dichos acontecimientos es el cumplimiento de los propósitos divinos; en este caso, la doctrina es bíblica, y positiva.

 

Pero si entendemos los decretos de Dios como una predestinación a ultranza en virtud de la cual, todo cuanto sucede es voluntad de Dios; en este caso, nos introducimos en un terreno resbaladizo por el que podemos deslizarnos hasta caer en errores que rayen en la blasfemia. No podemos atribuir a la voluntad de Dios lo que es resultado de la maldad humana. Por ejemplo: robos, violaciones, guerras, etcétera, no suceden porque Dios lo ha querido; en todo caso, lo único que podemos decir es que Dios lo ha permitido, pero no que haya sido su voluntad.

 

El cristiano no debe caer en el fatalismo, propio de los antiguos paganos o de los musulmanes, que todavía hoy identifican el acontecimiento humano con la voluntad de Alá. En el universo la voluntad de Dios es suprema, pero no es la única, ya que entran en juego otras voluntades antagónicas a la suya. J.C. Blumharch ha expresado esta voluntad con las siguientes palabras: “En la creación actúan muchas voluntades ignotas… que tienen la fuerza de las tinieblas y se han hecho poderosas, produciendo en éste y en todos los tiempos daños incalculables”

 

Por lo tanto, debiéramos ser sumamente cautos al hacer declaraciones respecto a lo que es y lo que no es voluntad divina. Tiene mucha razón William Barclay al decir que: “nada ha hecho a la fe cristina y a la iglesia mayor perjuicio que el uso indiscriminado y blasfemo de la frase “Es voluntad de Dios”. (Continuará)

 

José Requena