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Inicio MINISTERIOS ARTICULOS Y ESTUDIOS BIBLICOS - José Requena EL PADRENUESTRO (XV)

 

EL PADRENUESTRO

 

Mateo 6:5-15

 

(XV)

 

Pero no pecamos solamente cuando cometemos actos reprobables. También pecamos cuando nos abstenemos de practicar el bien, pues contraemos una deuda moral. Tan graves son nuestros pecados de omisión como nuestros pecados de comisión. Un ejemplo de ello lo tenemos en la parábola de las ovejas y las cabras, (Mateo 25:31 ss.). Los condenados que describe la parábola lo son, no por lo que habían hecho, sino por lo que habían dejado de hacer. “No me disteis de comer”, “no me disteis de beber”, “no me recogisteis”, “no me vestisteis”, “no me visitasteis”. ¡¡ Sois reos de pasividad!!

 

En análoga condenación podemos caer cualquiera de nosotros, dada nuestra proclividad a la indiferencia frente a los problemas, necesidades y sufrimientos de nuestros semejantes. Son muchas las personas que acorraladas por la adversidad y la tentación sucumben y se hunden moralmente sin haber hallado una mano amiga que les ayude a evitar la caída; nadie ha tenido para ellas un sentimiento de simpatía, una palabra de consejo, o una acción de auxilio, a su alrededor sólo han encontrado indiferencia y despreocupación. ¡¡Nos han encontrado a nosotros, ciegos, sordos, insensibles!!

Pero aún en el caso de que alguien se comportara ejemplarmente desde el punto de vista humano, no podría tener la pretensión de justificarse ante Dios. ¿Cuál es el problema, el problema lo pone de manifiesto la declaración bíblica que tajantemente dice: “No hay justo ni aún uno… Todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Ro. 3:10-23). Una de las enseñanzas más radicales de Jesús pone al descubierto la verdadera naturaleza humana: “Lo que es nacido de la carne, carne es”, (Juan 3:6). La radiografía que Jesús hacía del corazón humano no podía ser más reveladora; en el interior del hombre anidan “los malos pensamientos, los homicidios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias”. (Mateo 15:19). Que todo esto salga al exterior depende en gran parte de las circunstancias. El problema es grave. Todos somos pecadores. Y “la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23). Ningún mérito humano puede establecer una distinción entre “justos” y “pecadores”. Jesús aseguró que sin arrepentimiento “todos pereceréis igualmente” (Lucas 13:3). Sin nuevo nacimiento espiritual “nadie puede entrar en el reino de Dios”. (Juan 3:5).

 

¿Cómo resolver el problema?, el problema no se resuelve echándole la culpa a otros del pecado cometido diciendo: “El pecado no está en mí, está en los otros, en la sociedad, en las circunstancias”; eso es una excusa barata. Así actuó Adán: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y yo comí” (Génesis 3:12). Tampoco se resuelve acumulando méritos propios; este era el camino preconizado por los rabinos judíos. Hoy el camino preconizado por la Iglesia Católica son las buenas obras, limosnas, bulas, etcétera. No olvidemos lo que dice el profeta Isaías, ante los ojos de Dios “… nuestras mejores obras son como trapos sucios” (Isaías 64:6). Tampoco son los sufrimientos o el imponernos rigores ascéticos. Unos de los santos más venerados de la Iglesia Ortodoxa fue el padre Serafín. Este ermitaño ruso, pasó 1000 días y 1000 noches sobre una roca clamando: “Señor ten misericordia de mí, pecador”, hoy son las promesas impuestas como penitencia en las procesiones de Semana Santa, ningún acto penitencial por prolongado y duro que sea puede hacernos acreedores de la misericordia divina.

 

El problema sólo se resuelve a través del perdón gratuito de Dios otorgado por su gracia; en el bien entendido que ese perdón no surge del corazón de un padre tolerante y bonachón que pasa por algo o resta importancia al pecado. Las palabras de Voltaire “Dios me perdonará, es su profesión” fluyen de una pésima teología. Cuando Dios perdona nuestro pecado lo hace con justicia no solo usando de su misericordia; de ahí que no lo encubra ni lo minimice. Dios pronuncia un veredicto de culpabilidad y sentencia condenatoria, sobre el pecado. Si ha de perdonar de algún modo la deuda contraída por el pecador tendrá que ser saldada.

 

¿Cómo se produce la cancelación de la deuda? La cancelación de la deuda se produce mediante la obra expiatoria de Cristo. “Él es la propiciación por nuestros pecados” (I Juan 2:2). Es cierto que somos perdonados y “justificados gratuitamente”, pero solo “mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Romanos 3:24). Es por tanto sobre la base de la obra redentora de Cristo que, “Si confesamos nuestros pecados Dios es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (I Juan 1:9). Acerquémonos pues confiando en los méritos de Cristo; confesemos nuestra deuda, al mismo tiempo que pedimos y esperamos perdón. Es la mejor manera de expresar una de las frases finales del Credo Apostólico: “Creo en la remisión de los pecados”. (Continuará).

 

José Requena