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Inicio MINISTERIOS ARTICULOS Y ESTUDIOS BIBLICOS - José Requena EL PADRENUESTRO (XVI)

EL PADRENUESTRO

 

Mateo 6:5-15

 

(XVI)

 

 

6.2. “… Como nosotros perdonamos a nuestros

deudores

 

 

6.2.1. TODOS TENEMOS “DEUDORES

 

Como decía San Agustín: “Cada cual es deudor de Dios y cada cual tiene también un deudor”. Lutero añadía: “Y si no lo tiene es porque está ciego y no se examina con la debida atención”. Todos podemos recordar sin esfuerzo las palabras, los actos y las actitudes con que algunas personas nos ofendieron; probablemente todavía el recuerdo mantiene abiertas heridas que supuran resentimiento; quizá no lleguemos a caer en el odio hacía tales personas, pero no podemos liberarnos de la animadversión, ya que una barrera de antipatía nos separa de ellas. Las espinas que un día nos clavaron han abierto una sima en el camino de la mutua relación, por lo que las deudas nos alejan de los deudores.

 

Pero, ¿puede mantenerse esta situación tranquilamente? Sin duda alguna que no puede mantenerse; ¿por qué´? Porque la quinta petición del Padrenuestro nos lo impide. Suplicar el perdón de Dios para borrar nuestros pecados nos obliga a perdonar a nuestros ofensores, es un deber con un carácter marcadamente imperativo. Su cumplimiento es condición sine qua non si queremos que Dios conteste favorablemente a la primera parte de esta petición. Las palabras de Jesús son categóricas: “Si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará las vuestras”, (Mateo 6:15).

 

En algunos manuscritos el vocablo “perdonamos” (afiermen) no aparece en presente, sino en pretérito, “hemos perdonado” (afékamen). ¿Significa esto que nuestro perdón a favor de otros ha de preceder al perdón que solicitamos a Dios? Ésta idea puede tener cierto apoyo en textos como (Mateo 5:23-24), aunque, una exégesis rigurosa difícilmente permite ese apoyo. En este caso concreto ésta idea no se ajusta a lo fundamental del mensaje bíblico, puesto que hemos de partir de la base, que Dios no está sometido a ningún condicionamiento humano; su actuación no está sujeta a la nuestra ni depende de nuestras iniciativas. Él es soberano; somos nosotros los que estamos condicionados a la iniciativa y a la actuación de Dios, lo que Dios hace ha de ser determinante de lo que nosotros hacemos, hemos de estar bajo la dirección y el poder de su Espíritu; de este modo se produce una afinidad, una identificación entre Padre e hijos, de modo que lo que el Padre hace eso también debemos hacer nosotros, si el Padre perdona, nosotros también hemos de perdonar. Con todo, la dificultad de perdonar como el Padre perdona sin duda salta a la vista, porque nosotros siempre solemos ser mezquinos cuando hemos de dar algo; y mucho más cuando se trata de otorgar el perdón ya que tendemos con facilidad a cercenarlo o anularlo directamente. Frecuentemente se oye decir: “Le perdono, pero para mí ha terminado”. Esta frase pone de manifiesto que se ha extinguido la llama de un odio airado, pero queda el rescoldo del resentimiento que nos impide mantener la amistad que teníamos; pues al pensar en la persona que hemos “perdonado” seguimos sintiendo la misma tensión interior, la misma amargura y desazón que sentíamos antes de pseudoperdonarla. Si nos mantenemos en esa situación corremos un peligro porque estamos cobijando una víbora que va emponzoñando nuestro espíritu. Cuan sensata es la advertencia de Lutero: “Ten cuidado, oh mortal; no quien te ofende te daña, sino tú mismo, que no perdonas, te causas daño que ni el mundo entero podría producirte”.

 

  • El perdón cristiano incluye el olvido de las ofensas: Obviamente, no podemos olvidar en el sentido literal, a menos que suframos una pérdida total de la memoria. El olvido implícito en el perdón equivale a: 1) Enterrar la ofensa. 2) No permitir que su recuerdo reavive la animadversión. 3) Mantener la relación restaurada con el que nos ha ofendido como si éste nunca nos hubiese agraviado. Esto es lo que Dios mismo hace cuando declara: “Nunca más me acordaré de tus pecados” (Isaías 43:15). Y no digamos que “no podemos”; digamos mejor que “no queremos”, si queremos podemos ya que para algo tenemos al Espíritu Santo dentro de nosotros; Él nos va ayudará si nos dejamos ayudar por el Espíritu Santo. Sólo la práctica de un perdón auténtico y pleno, nos permite pedir con confianza: “Perdónanos nuestras deudas”

 

  • El perdón cristiano incluye el arrepentimiento del que nos ha ofendido: ¿Qué hacer por ejemplo, en el caso de que el ofensor persista en su actitud hiriente? Esta pregunta queda respondida si observamos el plano de nuestra reconciliación con Dios. La reconciliación solo es posible cuando nos arrepentimos de nuestros pecados y se los confesamos al Señor. De modo análogo la restauración de una amistad rota a causa de una o muchas ofensas; únicamente es factible cuando el culpable reconoce su falta, la confiesa al ofendido y cambia su comportamiento. Aquí si es correcta la referencia del texto de (Mateo 5:21-26). Sin embargo, aún en los casos en que la reconciliación no llegue a producirse por insensibilidad o contumacia del ofensor…el ofendido, si es cristiano, deberá desterrar de su espíritu su resentimiento y perdonar, “remitiendo la causa al que juzga justamente” (I Pedro 2:23). Por desgracia no siempre llegamos a ese nivel de madurez y coherencia cristiana, ya que no tratamos a quienes pecan contra nosotros con el espíritu propio de hijos de Dios, ni olvidamos y enterramos sus faltas y ofensas; más bien las descubrimos y proclamamos a los cuatro vientos inflándolas con malevolencia, pero ese modo de actuar ¿no nos condena inexcusablemente?

 

¿Qué significado puede tener nuestra petición: “Perdónanos… como nosotros perdonamos”? Equivaldría a pedir: “Padre, descubre mis pecados a ojos de todo el mundo; critícalos sin misericordia. Difámame, húndeme”. ¿Nos gustaría que Dios hiciera eso con nosotros? Evitemos pues caer en la mezquindad de quien perdonado no sabe (o no quiere) perdonar. Podemos orar y obrar impulsados por el amor, de modo tal que, nos sea lícito atrevernos a pedir ser tratados como nosotros tratamos a nuestros semejantes. (Continuará).

 

José Requena