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Inicio MINISTERIOS ARTICULOS Y ESTUDIOS BIBLICOS - José Requena EL PADRENUESTRO (XVIII)

 

EL PADRENUESTRO

 

Mateo 6:5-15

 

(XVIII)

 

 

7.1.3 ¿ES DIOS QUIEN NOS “METE” EN SITUACIONES QUE AMENAZAN NUESTRA

INTEGRIDAD ESPIRITUAL?

 

¿Es Dios en último término el “tentador”? En el Antiguo Testamento a menudo se atribuye a Dios ser el causante en todo lo que acontece. Algunos ejemplos los hallamos en (Isaías 45:7; Amós 3:6), cuyo objeto era exaltar su sabiduría; ello probablemente, dio lugar a la redacción de oraciones en las que se invoca a Dios como si fuera de modo directo el autor de la incitación al pecado. J. Jeremías cita una antiquísima oración judía que se decía por la noche, y que supuestamente era bien conocida en tiempo de Jesús:

 

“No conduzcas mi pie al poder del pecado

Y no me lleves al poder de la culpa,

Y no al poder de la tentación.

Y no al poder de la infamia”

 

En relación a esta oración e inmediatamente después de su explicación exegética, sigue comentando J. Jeremías: “Si ponemos los conceptos pecado, culpa, tentación, infamia, junto al giro “conducir al poder de”, nos muestran que la oración judaica de la noche no pensaba en una intervención inmediata de Dios, sino más bien en una permisión de Dios”. Empleando una expresión gramatical técnica, diremos que, “la causa o el origen de algo tiene aquí matiz permisivo”; lo mismo puede decirse de la petición del Padrenuestro.

 

Al considerar la cuestión de las “tentación” y de la “prueba” hemos de tener presente el conjunto de referencias bíblicas. De ese conjunto de referencias bíblicas se desprende que: 1) En algunos casos es Dios mismo quien con fines provechosos dispone algún tipo de prueba para sus hijos. Es el espíritu de Dios el que nos lleva al “desierto” de la tentación; pero no siempre es así. Independientemente de la iniciativa ocasional de Dios… 2) La mayor parte de nuestras tentaciones son el resultado de nuestra propia concupiscencia (epithymia), (Santiago 1:13-14); o de incitación satánica, y afán destructor del maligno. Estas son las más peligrosas, ya que no corresponden a un propósito positivo, sino todo lo contrario. Por tanto, hemos suplicar la protección del Señor sin la cual no podríamos evitar la caída. No pediremos que Dios nos libre de la experiencia – inevitable – de la tentación. Pero si pediremos a Dios que nos libre de sucumbir de su poder. La tentación es una experiencia común que tiene una amplísima diversidad de manifestaciones. Lutero dividía las tentaciones en dos grandes grupos: A) Las tentaciones que nos vienen por el lado izquierdo que son las siguientes: las que nos incitan al odio, a la amargura, a la desgana y la impaciencia; éstas tentaciones sobrevienen a la enfermedad, la pobreza, la deshonra y todo lo que causa dolor. B) Las tentaciones que nos atacan por el lado derecho, que son las siguientes: las que incitan a la impudicia o falta de recato, la lujuria, la soberbia, la avaricia y la vanidad; éstas tentaciones se manifiestan cuando somos complacidos desmesuradamente por otros haciendo que los demás hagan nuestra voluntad, alabándose nuestras palabras, consejos y acciones y se nos honra y se nos tiene en alta estima desmesuradamente. Este segundo grupo es el más dañino. Entre estas últimas formas de tentación podríamos colocar igualmente algunas en las que incluso los cristianos más “santos” podemos caer con facilidad: el engreimiento, la envidia, la intolerancia, la falta de amor, las ansias de poder y autoridad, la hipocresía envuelta en apariencias externas, etcétera; éstos pecados pueden aparecer – y de hecho aparecen frecuentemente -- en el ámbito de la comunidad cristiana, en el campo del servicio al Señor, de ahí que hayan sido denominados “pecados de santuario”. Hemos de procuremos a toda costa no quedar atrapados en los denominados “pecados de santuario”; porque si quedamos atrapados en sus redes, no solo sufriremos personalmente las consecuencias, sino que además pasarán dos cosas: 1) Causaremos dolor y grave daño a nuestro alrededor, y 2) El Señor “quitará nuestro candelero” inutilizándonos para su servicio.

 

Más importante sin embargo que las formas de pecado a que puede incitarnos la tentación, es la naturaleza misma de ésta; pues su naturaleza equivale a una tremenda confrontación. Por un lado se impone nuestro yo deseoso de autonomía, de bienestar y placer; y por otro lado está Dios con las demandas morales de su Palabra que exigen nuestra confianza y nuestra obediencia cueste lo que cueste. En esta confrontación podemos llegar al atrevimiento tan ridículo como impertinente de “tentar a Dios”, pretendiendo que su voluntad y actuación se sometan a nuestro capricho, por lo general pecaminoso. En este caso Dios deja de ser sujeto para convertirse en sujeto de una mal intencionada prueba. ¡¡Locura!!. Así tuvieron que reconocerlo los israelitas que una y otra vez tentaron a Dios en el desierto asediándolo con sus quejas y sus peticiones caprichosas (Éxodo 17:7; Números 14:22-23; Salmo78:18, 31,56; 95:9). Pero esa pretensión siempre fracasa porque Dios no puede dejar de ser Dios. Ante el Creador, la criatura solo puede adoptar una posición; la de la sumisión, de un hijo confiado que se pone en las manos del Dios sabio, justo y misericordioso. Apartar al hombre de esa sumisión es la finalidad de toda tentación satánica. Así se puso de manifiesto en el Edén Y en el desierto de Judea a donde fue llevado Jesús. En estos dos casos, (al igual que en otros) se pone de relieve la sutilidad de la tentación. Nadie está a salvo de las tentaciones, ni de las tentaciones más claras y violentas, ni de las más suaves y solapadas. El apóstol San Pablo conocía muy bien el porqué de su palabra admonitoria: “El que piense estar firme, mire que no caiga” (I Co. 10:12. Ante tal advertencia, no estará de más que hagamos nuestra la súplica del salmista: “¿Quién podrá descubrir sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos. Preserva también a tu siervo de la insolencia; que no se enseñoree de mí; entonces seré irreprochable y quedaré libre de grave delito” (Salmo 19:12-13). Pero no sólo hemos de ser preservados de la soberbia insolente, debemos, además, de ser preservados de toda caída en el mal. De ahí que una y otra vez hemos de pedir: “No nos metas en tentación”. (Continuará).

 

José Requena