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Inicio MINISTERIOS ARTICULOS Y ESTUDIOS BIBLICOS - José Requena EL PADRENUESTRO (XIX)

 

EL PADRENUESTRO

 

Mateo 6:5-15

 

(XIX)

 

 

7.2 "Más líbranos del mal"

 

El término “mal” (gr. Poneros) puede tener dos significados: 1) El mal o lo malo. 2) El malvado, el maligno. Ambos aparecen con frecuencia en el Nuevo Testamento. Unas veces “poneros” equivales a mal moral, o acción injusta, falta o delito: ese es el sentido de la palabra en la pregunta de Pilato: “Qué mal ha hecho” (Mateo 27:23). Otras veces “poneros” es un adjetivo unido a algún nombre. Así leemos de: “Hombres malos”, (II Timoteo 3:13). “Tiempos malos”, (Efesios 5:16). “Un mundo malo” (Gálatas 1:4). Desde el punto de vista moral, todo lo que nos rodea es malo; todo ejerce una influencia dañina de la que debemos ser librados. Pero también se hace referencia en la Biblia de “un corazón malo”, (Hebreos 3:12), es el corazón de todo ser humano el que es malo por naturaleza.

 

El mal no se halla solamente en el exterior, también el mal habita en nuestro interior; de ahí que si me dispongo a hablar de hombres malos, debo empezar hablando de ese hombre malo que soy yo, ya que es inútil que tratemos de ocultar o disimular nuestra verdadera identidad. Pero son muchas las personas, que en su afán de exculparse a sí mismas de sus malos actos e inclinaciones niegan ser lo que realmente son. ¡¡Esta actitud es una quimera sin sentido!! Nosotros somos nosotros, con toda nuestra carga de humanidad caída, con nuestras pasiones y nuestras debilidades, con nuestro egoísmo y nuestro orgullo, con nuestras iras y nuestros resentimientos y con nuestra tendencia a lo terrenal y no a lo celestial. Es verdad que Dios ha puesto en nosotros un nuevo yo, una nueva naturaleza; pero sobrevive mi yo antiguo que es la causa de gran parte de mis males. Por eso tenemos que orar: “De ese yo, que yo aborrezco, líbrame Señor”.

 

  • Examinemos ahora la segunda parte de esta petición traduciendo el vocablo griego “poneros”, por “el malo”, es decir Satanás: La traducción de la palabra griega “poneros” (“malo” = Satanás), fue la traducción preferida de los Padres Orientales de la Iglesia a partir de Orígenes. Fue el Diablo el que tentó a Jesús, el que solicitó poder para zarandear a los apóstoles como a trigo, (Lucas 22:31); el que incitó a Judas a la traición, (Lucas 22:3); el que indujo a Ananías y Safira a mentir, (Hechos 5:3); el que intenta seducir al creyente para extraviarlo, (II Corintios 11:3); el que como “león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar”, (I Pedro 5:8). Satanás es el gran adversario causante de muchas tentaciones.

 

Al adentrarnos en el terreno de la demonología debemos ser prudentes. No podemos reavivar las fantasías medievales con sus extravagantes imágenes del diablo. Tampoco es sensato ver demonios por todas partes, ni atribuir la intervención satánica a hechos o enfermedades que tienen causas puramente naturales. La trivialidad y la exageración suelen ser el caldo de cultivo del escepticismo de quienes tildan de ridícula toda idea de un diablo real. Por otro lado sería erróneo interpretar todos los textos bíblicos que se refieren al diablo y sus huestes como pura mitología. Hemos de aceptar la literalidad de muchos relatos bíblicos, en particular los relativos a exorcismos, pues son innegables muchos fenómenos difíciles de explicar si se rechaza totalmente la existencia de poderes espirituales invisibles que intervienen en la vida humana. Dichos fenómenos tienen como causa unas raíces profundas que penetran en terrenos misteriosos más allá de la propia persona. Esos terrenos misteriosos son aclarados en las Sagradas Escrituras por el apóstol San Pablo escribiendo a los Efesios cuando dice: “No tenemos lucha contra carne y sangre (adversarios humanos) sino contra principados, contra potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales”; (Ef. 6:12); sometidas éstas al “príncipe de la potestad del aires, el espíritu que ahora actúa en los hijos de desobediencia” (Efesios 2:2). “El príncipe de este mundo” (Juan 16:11). La influencia de Satanás no afecta solamente al mundo que no cree en Dios; ya que esa influencia llega también al pueblo de Dios manifestándose en la experiencia de cada cristiano. El hecho de que seamos hijos de Dios no impide que el diablo nos ataque. Recordemos las palabras de Jesús dichas al apóstol San Pedro ante la inminente tentación de éste: “Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo” (Lucas 22:31). Sus discípulos pueden ser violentamente zarandeados por el maligno, tal como nos enseñó a cantar Lutero “con furia y con afán acósanos Satán”. Esa furia, se hace patente en la persecución, en las grandes pérdidas, en tribulaciones duras, en enfermedades dolorosas, en la muerte de los seres que amamos, en la angustia del abandono o la soledad. Ante el embate de esas aflicciones, ¡¡Cuánto necesitamos clamar a Dios para que nuestra fe no falte!! pues no olvidemos la promesa del Señor de que nuestra fe robustecida en la prueba resistirá victoriosamente las mayores adversidades. Cuenta Helmut Sauter la experiencia de un joven rabino que huía en un bote de la Inquisición española con su esposa y su hijito; y en la travesía perecen la madre y el niño. El joven rabino elevando sus manos al cielo se dirige a Dios con una oración patética: “Dios de Israel, aquí estoy, huyendo a fin de poder servirte sin ser molestado, para cumplir tus mandamientos y santificar tu nombre; pero Tú lo has hecho todo para que no crea en ti, pero si piensas que lograrás apartarme de tu camino te digo Dios y Padre mío, que no lo conseguirás; puedes matarme, quitarme lo mejor y lo más querido de cuanto tengo en el mundo; puedes atormentarme hasta la muerte, pero yo siempre creeré en ti, te amaré… ¡¡aún a pesar tuyo!!”. Podemos criticar la teología de este hombre, pero tenemos que admitir la victoria de su fe en una experiencia de tentación en la que probablemente muchos de nosotros habríamos fracasado.  (Continuará).

 

José Requena